Mala suerte

13 Noviembre 2009

gato negro
- ¡Buena suerte! – me dijo un gato negro al cruzar caminado frente a mí, justo en el momento en que agaché la cabeza para pasar por debajo de una escalera.
 
 

* A la imagen la saqué de acá

Gris testigo

4 Noviembre 2009

La noche vestida de muerte se cortó con un destello de vida. Los Rosados amaban anudados. Aquella era una Gris testigo del amor, un personaje principal en la obra de la envidia.
     Los Rosados amaban entrelazados, fundidos, indisolubles. Él se iba, y ellos ya no eran Rosados. Gris esbozó una sonrisa de festejo en derrota ajena.
     Ella buscó, persiguió, encontró. Otra vez Rosados.
     Posturas inverosímiles de un amor real. Figuras de arrabal derritiéndose de lujuria.
     Rosados vivos. Gris cierra los ojos con fuerza. Gris cierra la puerta.

La paloma

19 Octubre 2009

Quiero empezar confesando que muchas veces maté palomas, y no siempre con el justificado fin de comerlas en un plato de polenta con salsa. En más de una ocasión, durante mi asesina e inimputable adolescencia les hice girar el cuello. Crack-crack. Otras veces les golpeaba la cabeza contra un ladrillo. Antes de eso, siempre, les disparaba con un rifle de aire comprimido. “Son una plaga”, había escuchado decir, y eso avalaba mis homicidios.

      Ayer encontré una paloma herida en el patio de mi casa. Tenía un tiro en el pecho. La atrapé sin dificultad, y lejos de querer hacer un aporte a combatir esa plaga de la que me habían hablado, sentí pena por ella. Esos ojos que antes parecían pedirme que no la mate, como si yo fuera un impío verdugo, ahora suplicaban ayuda. Abría su pico al máximo, como si quisiera comer un alfajor entero.
     Pensé en todos los programas de t.v. que vi, con la esperanza de recordar alguno en el que hayan operado a una paloma, para saber qué hacer. Nada. Vi ordeñar vacas, construir estructuras imposibles, sobrevivir en una isla desierta, cómo actuar en una cárcel, o cómo escapar de ella, y cómo hacerle cirugías estéticas a mujeres de Beverly Hills. Pero de quitarle un balín a una paloma, nada.
     Con toda la voluntad de un autodidacta fui al baño y le lavé la herida con agua tibia. Agarré un frasco de alcohol en gel de 300 cm3 que estaba casi lleno desde épocas recientes de paranoia porcina, y luego de leer que no ardía, le unté la herida.
     Ella abría su pico de par en par, como si gritara desesperada, pero sin emitir sonido. O como si bostezara. Pensé que podría ser una paloma muda.
     Saqué cinta y un pedazo de algodón del botiquín. Todo lo hice con una sola mano, porque con la otra la agarraba a ella que difícilmente entendería mi intención de salvarla.
     En ese momento vi que sus ojos se cerraban. Primero, hasta la mitad, después completamente, y se abrían rápido, como cuando uno se duerme en una conferencia. Pero yo sabía que ella peleaba por su vida, no quería cerrar los ojos de una vez y para siempre.
     Poco después de que le tapé la herida, sus párpados se unieron inexorable y eternamente, al tiempo que abría la boca en un grito mudo y agonizante, o en un enorme e irrespetuoso bostezo.

     Se murió en mis manos. No soportó la cirugía. Y yo agradecí no estudiar veterinaria o medicina. No toleraría que mis pacientes se mueran en mis manos. O que bostecen de aburrimiento mientras intento salvarles la vida.

Éste y el otro

14 Octubre 2009

Éste luchó por sus ideales; el otro también. Éste se aferró a su visión de libertad y no descansó en su intento de alcanzarla; el otro hizo lo mismo. El fin justificó los medios de ambos. Uno mató a todo el que se le puso en frente; el otro empleó la misma estrategia. Éste y ése viajaron por toda Latinoamérica siguiendo su sueño. Ninguno vaciló antes de asesinar. A ninguno le importó ser una fábrica de viudas y huérfanos. Éste es héroe nacional, prócer indiscutido, santo pagano, se llama José de San Martín. El otro es amado y odiado en cantidades iguales. Todos le dicen “el Che”.

Los Rosados

28 Septiembre 2009

Los Rosados son la envidia de los metalampos. A éstos de nada les servía su inteligencia porque morían cuando se enamoraban. Era el amor su trágico destino, mientras que para los Rosados es su maravilloso comienzo y la razón de su vida. Por el contrario, cuando acaba ese enamoramiento, desaparecen, vuelven a ser personas grises, apagadas, opacas, que viven inertes y por inercia.
     Existe en el mundo un número par de Rosados. Siempre existen de a dos, y es fundamental el uno para el otro. Los Rosados no son individuos, son parejas.
     Los Rosados no caminan por la calle, sino que flotan, se deslizan lentamente sobre las veredas y calles, tomados de la mano o abrazados. Es fácil encontrarlos (cuando están en actitud de reposo) en plazas y parques –independientemente de que haga frío o calor. Ellos nunca tienen apuro, se mueven tranquilos, despacio, tratando de prolongar el presente que los une hasta el infinito.
     Un ciudadano atento notará que los Rosados no miran lo que sucede a su alrededor, sino que circulan con la mirada perdida, como mirando un punto fijo en el horizonte, y es evidente que lo único que cada uno ve en ese punto es una imagen de su pareja. Suelen, por ese motivo, tener golpes contra postes mal ubicados, y tropiezos con baldosas flojas. Sin embargo, prácticamente no les duele.
     Los Rosados sienten, perciben, pero sólo lo que sucede dentro de ellos. Tienen una especial capacidad para decir –en realidad, no dicen, sino que susurran– lo que sienten en su corazón, en la sangre; el perenne “sza sza szu”. Sin embargo, son insensibles a lo que ocurra fuera de esa burbuja invisible que los rodea y los abstrae de la realidad exterior, de las condiciones climáticas, los múltiples hechos sociales, los ruidos, las bombas atómicas que pudieran explotar a sus costados. Los Rosados desmerecen a las cuestiones mundanas que preocupan al resto de las personas; jamás se quejan de los problemas en la facultad, de la plata, los gobiernos y la falta de lluvia.
     La memoria es otra de sus virtudes; recuerdan al flotar en la calle, todos los lugares y acontecimientos intrascendentes que ambos han compartido en algún instante. “En ese quiosco compramos un chocolate hace 2 meses”, “tenés una campera parecida a la de aquel chico; a vos te queda mejor”, “frente a ese edificio te di un beso hace 16 días”. La cursilería es una característica, una virtud y una necesidad. Son Rosados, seguramente, quienes escriben las tarjetas Junot.
     Los Rosados son parte del paisaje de las plazas y parques, de los centros comerciales, de las arboledas. Inspiran ternura y bondad. A nadie se le ocurriría cometer un delito frente a ellos; más de un ladrón ha devuelto una cartera a su víctima, cuando vio a dos Rosados. Acto seguido, le mandó un mensaje de texto a su novia diciendo que la quería.
     Los poetas que no aman, piensan en ellos cuando la inspiración no llega.
     Sin embargo, contrariamente a lo que cualquier persona sensata pueda suponer, los Rosados tienen enemigas. Son mujeres normalmente mayores, enfermas de “malco”, y que acusan a los Rosados de inmoralidad, de pervertir a los niños, y de que el mundo esté como esté.

Estrellas en 140 caracteres

25 Septiembre 2009

¿Por qué la gente necesita sentirse una estrella? ¿De dónde salió esa urgencia por contar su intimidad, qué hace, qué le gusta, qué odia?

tapa CIRCUZ

     La revista cordobesa Circuz (que pueden -y recomiendo- descargar desde acá) incluyó una carta que mandé preguntándome eso.
     Desde el MSN, Facebook, los blogs, Twitter, entre otras herramientas, muchos intentan tener sus segundos de fama; mostrarse, desnudarse, sacar sus trapitos al sol, sentirse una estrella de cine en la revista Caras.
     Más allá de lo breve de mi nota, recomiendo que vean toda la revista. Es una publicación cordobesa nueva, que con muy buena redacción, temas interesantes, y un diseño atractivo, hace foco en el arte, la comunicación, la fotografía, el marketing, el diseño y la publicidad.

     Que la disfruten.

Backstage de un milagro mayor

15 Septiembre 2009

Si prestan un poco de atención, mi nombre aparece ahí

Si prestan un poco de atención, mi nombre aparece ahí

En las estaciones de subtes y trenes de Buenos Aires hoy se reparte la revista Oblongo. Hace 16 semanas que se cumple el mismo ritual. Cuando la gente sale del trabajo, un grupo de personas entrega la revista a los pasajeros para que su viaje sea más cómodo y entretenido.

¿Qué es Oblongo?

Una revista que recopila textos de blogs argentinos. Tratan de “ofrecer contenidos de calidad” y, con ese fin, rescatan “lo mejor de ese enorme caldo de cultivo que es la blogosfera”.
     José Saramago, Hernán Casciari, Carolina Aguirre, Sergio Muzzio, entre otros que escriben historias geniales, pero que no son tan conocidos, pasaron por las páginas de esa revista. Ahora, también estoy yo. No sólo eso, mi nombre aparece en la tapa. Pero la magia no termina acá, y como si Julián Weich me hubiera intentado regalar media sorpresa más, estoy en el mismo número que Hernán Casciari. Al lado, compartimos el navegador de la tapa, igual tipografía, igual tamaño, y eso es muy injusto. Para él. Estamos tan juntos que creo que podría codearlo, pero me daría vergüenza.
     p.p.p. de tapa oblongo
     Me siento el enganche de Talleres (que no sé quién es) compartiendo la tapa de “El Gráfico” con Messi. A “la Pulga” seguramente no le interesa aparecer ahí porque se sabe el mejor, porque apareció varias veces, porque su nombre y su cara están en publicaciones infinitamente más reconocidas. Pero para el 10 de Talleres –y para mí– es un éxito, un premio, un reconocimiento que hizo que se me escaparan tres gotitas de pis cuándo vi esa tapa.
     Suelen recomendar los que saben, que hay que servir primero el mejor vino, y cuando los invitados están con sus facultades perceptivas alteradas, dar un vino de peor calidad, más barato. Es por eso que les recomiendo que lean, antes que nada, “Backstage de un milagro menor”, de Hernán Casciari. Huelan su magia, sientan los taninos de sus historias, saboreen una obra de arte. Embriáguense de él. Y ahí, recién ahí, cuando estén borrachos de buena literatura, están invitados a pasar a un salón más modesto, y leer mi “Ed esidido marcharme”.

Llamado a la solidaridad

10 Septiembre 2009

El pasado jueves 3 de septiembre, cerca de las 10 de la noche, me robaron el auto, el celular, los CD´s truchos que tenía en la gaveta, un libro, un cuaderno y, lo que es peor, toda mi credibilidad.

     Che, flacos, ustedes dos que me robaron todo eso, es para ustedes este texto. ¿Se acuerdan que yo estaba en un Peugeot 206 leyendo un libro y escuchando música? Era Joaquín Sabina, y uno de ustedes dijo: “¡hacé callar al mariconaso ese!”, y yo pensé que lo decía por mí, que les estaba pidiendo por favor que no me hicieran nada. ¿Se acuerdan de mí? Soy petiso y tenía puesto un buzo blanco. Estaba estacionado en el Parque Sarmiento al frente del rosedal. Era una linda noche, con estrellas, sin frío. Uno de ustedes usaba una campera de jean, el otro una remera roja manga larga.
     Mientras yo leía el libro “Espejos” (uno negro que ahora deben tener ustedes) de Eduardo Galeano, y escuchaba, irónicamente, la canción “pacto entre caballeros” de Sabina, aparecieron ustedes dos. Uno al lado del asiento del acompañante y otro al lado mío, solamente separados por una puerta cerrada pero con la ventana abierta. Los dos tenían sus pistolas apuntándome. Yo pensé en poner primera, e irme rápido, pero el auto estaba apagado, y me iba a demorar mucho tiempo prenderlo. Más aún ése auto, que es (¿o era?) diesel, y tenía que esperar que se apague una lucecita del tablero. Cuando vi que no podía zafar, les pedí que no me hagan nada, me obligaron a apagar el equipo de música y a bajar del auto. Me acuerdo que ustedes se sorprendieron al verme solo leyendo, y uno me dijo: “pensabamos que estabas con una guachita. ¿Qué carajo hacés solo acá, y encima leyendo?”. Me reclamaron la billetera.
- Bueno, esperá, dejame sacar los documentos.
- ¡Documentos, las pelotas! Damelá ya.
- Tá bien, maestro. No te enojés- le dije a uno de ustedes tratando de calmarlo.
     El otro miraba desde la otra parte del auto, en una actitud totalmente pasiva.
     Me pidieron las llaves del auto:
- Si, todo bien. Dejame sacar el libro (que había quedado en el asiento del acompañante) y el cuaderno- dije, girando un poco y tratando de entrar al auto a buscar esos “papeles escritos”.
     Ahí, el que estaba al lado mío me pegó un culataso en la espalda, me agarró del buzo y me sacó del auto.
- Dejá de hacerte el vivo, pelotudo, porque sos boleta. Dame el celular –me gritaste.
- Flaco, disculpá, ¿puedo quedarme con el chip del teléfono? –pregunté amablemente.
- ¿Vos sos idiota o tus viejos son hermanos? Dejá de negociar y dame el puto celular.
     Les di el teléfono, y de todos modos, el más violento de ustedes dos me pegó una trompada. Se subieron al auto y se fueron, llevándose (además del vehículo) mi libro, un cuaderno, los CD´s truchos, el celular, y toda mi credibilidad, aunque en ese momento no sabía que la había perdido.
     Cuando los vi irse no supe que hacer, si ir a mi casa o a la policía. Me decidí por la segunda opción, porque estaba más cerca. Mientras iba para la comisaría empecé a sentir un dolor fuerte en la espalda y en la cara. Antes, supongo que por la adrenalina, no me dolía nada. Al llegar, hice la denuncia, y conté todo lo que pasó. No sabía por qué, pero el policía me miraba con cara rara, como si desconfiara, y encima, me preguntó tres veces si estaba diciendo la verdad.
     Después de ese trámite fui a mi casa en taxi. También le conté al chofer, y el tipo me miraba con curiosidad a través del espejito retrovisor. Me miraba, pero no decía nada. Como si no me creyera lo que le estaba diciendo.
     Llegué, saqué plata de mi ropero para pagar el viaje, pagué, y fui a buscar hielo a la heladera. En silencio, me acosté boca arriba en mi cama, con hielo envuelto en una remera apoyado en la cara. No podía dormir porque me dolía mucho y seguía nervioso, y me puse a recapitular todo lo que había pasado esa noche. El viaje en taxi, la comisaría, el robo, yo solo en medio de la parte más oscura del Parque Sarmiento, y antes de eso, mi novia que me había invitado a ver una película a su casa. ¿Por qué mierda no fui? Nada de esto hubiera pasado. Le dije que estaba cansado, que iba a leer algo, y después me acostaba a dormir. ¿Quién me manda a ir a leer al Parque Sarmiento? Y así, pensando en lo que había pasado me di cuenta de lo peor que me habían robado: mi credibilidad. ¿Cómo le explico a mi novia que estaba en el rosedal leyendo? ¿Cómo hago para que me crea que no estaba con otra chica?

     Es por eso que escribo estas líneas. Si ustedes dos se fijaron en la tapa del cuaderno, seguro vieron escrita la dirección de este blog. Si les dio curiosidad, seguramente entraron. Si lo hicieron, están leyendo esto. Por favor, necesito que le manden un mensaje a mi novia (aparece en el celular como “gordi”) y le digan que todo esto es verdad. Gracias.

P.D: Ah, creo que el celular no tiene crédito. Carguen una tarjeta de Claro.

Un lunes a la tarde, en noviembre de 1998 yo estaba en mi casa muy nervioso porque al día siguiente tenía que rendir un examen muy difícil y no había podido estudiar. El día anterior, el domingo, habían entrado a robar en mi casa, a mi papá le pegaron un culatazo en la cabeza, amenazaron con secuestrar a mi hermana, mis hermanos y yo recibimos un par de trompadas, pero creo que la sacamos barata. Tenía miedo de todo, cualquier ruido me exasperaba, y el martes tenía que rendir.
    Como pocas veces en mi vida, la falta de estudio no había sido por vagancia. Apenas pude concentrar mi cabeza en aprender, me puse a estudiar. Desde las 6 de la tarde hasta las 3 de la mañana –me acuerdo bien– me quedé leyendo los apuntes.
    Cuando me di cuenta que pasaba varios minutos mirando el libro, pero con la cabeza dormida, sin poder leer, me fui a acostar. Esa noche, igual que siempre en aquella época, recé. Si bien había estudiado algo, y creía que podía llegar a aprobar, rezaba para que faltara el profesor. Me sentía inseguro, y necesitaba sacar un 7, por lo menos.
    Al otro día, muerto de sueño, con ojeras chorreando hasta la comisura de los labios, fui al colegio. Internamente, le seguía pidiendo a Dios que faltara el profesor.
- Chicos, hoy no van a tener la prueba –dijo solemnemente la preceptora. El profesor no va a venir.
    Todos festejamos, pero creo que yo era el más feliz. Dios me había escuchado. La diferencia entre eso y un milagro era mínima. Uno que se había quedado despierto estudiando toda la noche anterior, era el único que se quejaba, pero no lo hacía en voz muy alta para no ser insultado por el resto de la clase.
    Esa noche, antes de dormir, acostado en mi cama agradecí a Dios –nobleza obliga– por haber hecho que falte mi profesor.
    Al día siguiente, otra vez en el colegio, me enteré del motivo por el cual no había rendido el examen el día anterior. La hija de mi profesor, de 4 inocentes años, había muerto ahogada en una pileta. Todos sintieron pena y congoja por la noticia, pero yo creo que fui el único que se largó a llorar. Tuve que ir al baño a esconderme. Me había salvado de no tener una prueba, pero ¿a qué costo? ¿La vida de una nena valía eso? No, no lo valía. Era imposible que Dios haya matado a la hija de mi profesor para que yo tenga más tiempo para estudiar. ¿Entonces? La muerte de Ludmila no tenía nada que ver con mis plegarias. Yo no podía ser el autor intelectual de esa tragedia. Y Dios no podía acatar pedidos porque sería una injusticia constante. Si a la hija de mi profesor no le hubiera pasado nada, yo hubiese tenido el examen, pero Dios habría ignorado mis súplicas. Si no hubiesen entrado a robar a mi casa, yo habría estudiado y Ludmila seguiría con vida. ¿Seguiría con vida? ¿Entonces ella murió por culpa de los ladrones? Pero, ¿Qué hubiera pasado con los que me robaron? Ellos quizás rezaban por conseguir un trabajo digno, por poder alimentar a sus familias, a sus Ludmilas. Y nadie los escuchaba. Ni el gobierno ni Dios. La mayoría de las personas del mundo rezan por la Justicia y la Paz. Es obvio que no hubo, ni hay, ni va a haber nada de eso. Nunca.
    Cada vez que algo bueno le pasa a alguien, implica algo malo para otro. Siempre. Si alguien rezara por conseguir el amor de una mujer, siempre habría otra persona que se quedaría sin ella. “Dios, por favor, necesito un trabajo”, le suplico. Lo consigo, pero hay otra persona que se queda desempleada. ¿Es justo?
    ¿Cómo podría hacer Él para cumplir con los rezos de todos? Los rezos de cada persona se oponen siempre a los de otros. Por poner un caso más banal, en un clásico entre Boca y River, miles de personas elevan súplicas para que gane cada uno de esos equipos. ¿Y Dios que hace? ¿Gana el equipo que tiene más cantidad de religiosos a su favor? ¿Gana el que mejor juega? Está visto que no siempre es así. ¿Gana el qué más lo necesita? ¿Empatan?
    Sólo veo dos posibilidades. Una, que Dios no exista, que las cosas sucedan por azar, por destino, o por cualquier otro motivo. La otra, que todo sea una decisión de Dios. Él elige quién gana y quién pierde. Quién nace y quién muere. Quién triunfa y quién fracasa. Y así, los rezos son inútiles, y al mundo lo gobierna un divino tirano… aunque yo rece y Ludmila muera a los 4 años.