La inocencia del borracho
6 Agosto 2009
Si un cordobés, mayor de edad, sufriera un accidente automovilístico por estar borracho sería culpa de quién le vendiese alcohol. Igualmente, si una adolescente tuviera acné, con las consecuentes complicaciones morales y seductoras, debería responder penal y civilmente la fábrica de chocolates que ella consumiera. Si alguien decidiera dedicarse al sedentarismo absoluto de quedarse en su cama mirando televisión, sin salir a la calle, haciendo sus necesidades fisiológicas en un balde ubicado estratégicamente junto al catre, y culpa de eso llegue a un cuadro grave de obesidad, soledad (por el resentimiento de sus vínculos sociales), gangrenas en la espalda y la parte posterior de las piernas, y sus arterias se vieran obstruidas, Tinelli y los demás responsables de los programas televisivos que esa persona viera, así como el fabricante de colchones tan cómodos que hacen que resulte tortuoso abandonarlos, serían los culpables de esa lamentable situación. Si usted sufriera un accidente a 200 km/h estaría en condiciones jurídicas de demandar (usted o sus deudos) a la empresa automotriz por crear un vehículo que alcance semejante velocidad. Del mismo modo, la concesionaria donde compró el auto, debería responder por haberle vendido un vehículo a un imbécil como usted, sin capacidad de razonar sobre los peligros del exceso de velocidad, y principalmente por no haberle hecho un agudo e intenso análisis de aptitud psicológica para conducir semejante máquina de matar.
No cuesta mucho imaginar un tenebroso futuro con estas absurdas reglamentaciones sociales, si se diera el caso propuesto realmente (ya no es una exageración mía) por el abogado Esteban Gorriti y el Secretario de Prevención de la Drogadicción y Lucha contra el Narcotráfico, Sebastián García Díaz, para que los dueños de los boliches respondan penalmente por los accidentes que pudieran sufrir los jóvenes por estar en estado de ebriedad. Estos doctores en leyes creen que si alguien conduce borracho es culpa de quien le vendió el alcohol. Aparentemente, los inescrupulosos bolicheros no palpan los bolsillos de los jóvenes que se acercan sedientos de diversión y adrenalina a una barra, ni le ponen un sello en la frente a quién ven llegar a sus instalaciones manejando un auto. Así, el barman, inconsciente como él solo, le vende alcohol a un joven que desconoce que no estará en condiciones de conducir un arma de cuatro ruedas.
Desligándose cada uno de sus propias responsabilidades, culpando a los demás, sin actuar conscientemente, y encadenando la propia libertad, la sociedad se deshumaniza, se vuelve individualista, agresiva y el hombre se transforma en un fiscal implacable, un justiciero que va señalando con el dedo índice a cuanta persona ve, sin darse cuenta que otros tres dedos de su mano le apuntan a él.
Un resumen de la reunión en la que se debatió esa estúpida normativa puede verse en este link
Gris
1 Agosto 2009
Es un hermoso día gris. El cielo está tapizado por una gran nube gris. El sol que ayer era un soberbio reflector, hoy es un simple e inocuo foquito que apenas se ve atrás de la nube gris. Gris. La gente anda abrigada. Bufandas, camperas, sacos. Negro, azul, marrón. Gris. No hay amarillo ni naranja. Gris. Poca gente afuera. Es un hermoso día gris. La gente odia los días así y no sale. La plaza está casi vacía. Las hamacas se balancean sólo por acción del viento. Se vuela un sombrero. Gris. El hombre que vende maní se está yendo. El jubilado les da migas de pan a las palomas que se amontonan en el suelo como una gran mancha gris. La plaza casi vacía. El cielo, gris. Afuera se ve un hermoso día gris con poca gente que camina apurada por el frío. Tomo un sorbo de té bien caliente. Miro por la ventana. Gris. Por suerte. Me tapo hasta el cuello con el acolchado y giro el cuerpo para ver el exterior con más comodidad. Gris. Es un hermoso día gris. Yo tengo gripe, y por suerte afuera hay un hermoso día gris. Me daría mucha bronca que haya sol y chicos jugando en la plaza.
A la foto la saqué de acá
Ed esidido marcharme
21 Julio 2009
Yo también fui un vagabundo. Era chico, tenía 6 años, pero me acuerdo de muchos detalles con nitidez. Fue el 29 de agosto de 1990, una década complicada que no comenzó de manera auspiciosa. Vivía en una casa de Nueva Córdoba, cuando ahí todavía había casas, y el barrio parecía viejo.
En aquella época a mi mamá no le gustaba cuando yo mismo bañaba a mi hermanito de 3 años; no sólo porque mojaba todo el baño o porque vaciaba un frasco de shampoo cada vez que lo hacía, sino porque más de una vez casi lo ahogo accidentalmente. Ese día, no fue la excepción. Me acuerdo de un reto a los gritos que pasaba de agudo a grave, y viceversa, hubo un chirlo que ahora veo justificado, pero que en ese entonces creí completamente ilegal. ¿Por qué me retaba? Mi hermanito estaba sucio porque habíamos estado jugando a los jardineros, sacando plantas de las macetas, y volviéndolas a poner, regando el patio… obviamente, estábamos embarrados, y quizás ése fue otro de los motivos de su enojo.
Yo, ofendidísimo por la injusticia cometida, me dije que no quería seguir viviendo ahí, en esa casa que no comprendía mis buenas intenciones, y decidí que tenía que exiliarme. La democracia todavía era muy frágil.
Me fui a mi pieza aguantando las lágrimas estoicamente, vacié la mochila que usaba para ir al colegio, le puse una campera, una pelotita de tenis, una lata con monedas y un paquete de galletas merengadas. “mamá y papá ed esidido marcharme” escribí en un pedazo de papel que dejé sobre la mesa de la cocina, y me fui por la puerta principal con la cabeza gacha.
Cuando salí, no sabía hacia donde irme, pero sabía que tenía que caminar rápido y que no tenía que llorar porque si un policía veía a un nene llorando lo iban a llevar preso y después llamaban a sus padres; y yo no quería ninguna de esas dos cosas. Tenía que parecer adulto, seguro. Tampoco podía andar solo mucho tiempo porque la gente iba a pensar que estaba perdido y los grandes iban a empezar a aplaudir. Yo tenía que mantener un bajo perfil, sin levantar sospechas, y por eso me ponía cerca de personas para que los otros piensen que iba con ellos.
Cruzar la Plaza España, hasta llegar al Parque Sarmiento, fue lo más complicado. Era pleno invierno, y yo temblaba, pero de miedo; la adrenalina no me dejaba sentir el frío. El fin justificaba los medios y los miedos. Estuve varios minutos, esperando, viendo el semáforo cambiar de colores: cruzar – cuidado – prohibido cruzar, y otra vez, cruzar – cuidado – prohibido cruzar.
Siguiendo a una señora, finalmente, me animé a atravesar esa jungla de autos, hasta que llegué a lo que yo veía como un bosque. Estaba en la parte que va a Ciudad Universitaria, antes del puesto de choripán. Caminé unos 15 metros hacia el medio del Parque, y me largué a llorar. Era un llanto espasmódico, que salía desde bien adentro, impregnado de angustia, desesperado, como de quién no tiene nada más en la vida. Me escondí debajo de una planta, me puse la campera, y abracé la mochila bien fuerte. Estaba tirado en posición fetal, con el pecho epiléptico golpeando la mochila en cada espasmo. Quise dejarme morir, pero me quedé dormido.
No debe haber sido mucho el tiempo que estuve ahí, capaz que fue una hora. Me acuerdo perfectamente qué soñé, y eso fue lo que me hizo volver. Yo veía a mi mamá que se me acercaba, como si quisiera abrazarme, pero por algún motivo, yo me iba alejando de ella; había algo que me tironeaba hacia atrás. Trataba de correr para ir con mi mamá, y no podía. No sé de donde apareció mi hermanito al medio, entre ella y yo, y fue el nexo para que yo pudiera soltarme y nos quedamos los tres juntos. Fue mágico y clásico, pero supe que tenía que ir a mi casa, que el exilio había terminado.
Crucé la Plaza España atrás de un grupo de chicos de unos 20 años, cada tanto corría o trotaba para llegar más rápido. Desde media cuadra antes de mi casa, vi que estaba toda mi familia afuera, en la puerta, esperándome, con ganas de abrazarme, igual que en el sueño.
Nada más lejos de la realidad. Una cachetada de mi papá me tiró al suelo, me alzó con un brazo como si yo fuera un bolso de mano, y me encerró en el baño. Me largué a llorar. Era un llanto espasmódico, fuerte, desde bien adentro, pero sin angustia ni desesperación. Era un llanto de dolor, pero con la certeza que en un rato se me iba a pasar.
Una de dos
10 Julio 2009
El lunes pasado necesitaba estar solo, así que me fui a caminar por el Parque Sarmiento. No había nadie; era día de semana, a la siesta y hacía bastante frío. Enroscado en pedazos de algodón y lana, paseaba por el medio del parque a paso lento, pensando y mirando los árboles y autos que a lo lejos tiraban humo por el caño de escape. Casi lo mismo hacía yo por la boca, tirando un humito blanco, como si fumara.
En medio de mi soledad, aparecieron dos tipos de unos 22 años, que vinieron a sacarme de mi preciado estado. Uno tenía un gorrito de lana, una campera azul, y como cuatro buzos. El otro, simplemente un sweater y campera de jean.
- Dame la plata y el celular- me dijo el más abrigado de los dos, motivo por el cual se lo veía más grandote.
- Eh, loco, ¿las dos cosas querés? Mirá –le dije sacando el teléfono-, es un celular sin cámara de fotos, ni mp3. Es medio viejo, está gastado acá atrás, y la pantalla está ra…
- Basta, flaco, callate la boca y danos la plata y el celular o te rompo…
- Pará, pará pará –lo interrumpí-. Vamos a hacer una cosa; les propongo un juego. Se llevan este celular que están viendo y que no vale casi nada o, chana na nán… la plata de la billetera, pero sin los documentos.
Una trompada en la panza me hizo soltar el celular y el aire. Otra en la cara, me tiró al suelo.
- ¡Qué te hacés el Susana Giménez, che infeliz! –dijo el que parecía más flaco, y agarró mi teléfono.
- ¡Esperá, dejame el chip que lo necesito para trabajar! –imploré antes de que se vayan.
- ¿Qué te crees? ¿Que nosotros no estamos trabajando? –dijo el más grandote, y me tiró una patada a las costillas, que yo hábilmente intercepté con la rodilla derecha.
Los vi irse trotando como si hicieran gimnasia. Yo desde lo más profundo de mi ser esperaba que los haya visto un policía. O que los atropelle un camión de la basura.
Miré hacia todos lados, buscando a un testigo o a un policía. No había nadie. Me levanté, y cuando me limpiaba un poco la ropa, me di cuenta que todavía tenía la billetera en el bolsillo. Ja, solamente se llevaron el celular, pensé; y decidí que era un buen momento para abandonar el paseo, y volver a mi casa, con los cinco pesos en la billetera.
Las mujeres y los niños primero. Primero las damas. Damas gratis. A una mujer no se le pega ni con el pétalo de una rosa (aunque se lo merezca). Siéntese usted, señorita (léase, “yo soy hombre y puedo viajar parado; vos no, porque sos mujer”).
Sabida es la bronca que me genera el feminismo salvaje, ése que es una desviación de la igualdad buscada y merecida por las primeras exponentes del género. Muchos hombres se han unido a su cruzada, y yo lo haría, pero esa igualdad que aparentemente buscaban las feministas se desvirtuó completamente ya que, engolosinadas con las mieles del aparecer en los medios masivos de comunicación, ahora hacen de cualquier suceso donde aparezca alguna de ellas, un paradigma de su propio sufrimiento, desvirtuando completamente la paridad entre ambos sexos. Vale más -para ellas- la muerte de una mujer que la de un hombre. Tiene más importancia que haya 80 mujeres viviendo en la calle que 320 hombres en idénticas condiciones (ver este link).
Ganaron en Buenos Aires De Narváez, Macri, Michetti y Solá. Festejaron. Todos ellos, incluído un pelado que parece Sebastián Wainraich. Les dejo una foto del festejo, pero préstenle atención que esto no termina acá.

¿Lo ven? ¿Entienden mi bronca?
¡Gabriela Michetti está sentada porque es mujer!. ¡Basta!
Por qué ella no votó
29 Junio 2009
La escritora y periodista –nunca sentí más vergüenza de presentar a alguien con esas dos profesiones que anhelo– Marisa Grinstein escribió para el diario La Nación una nota fundamentando por qué no votó.
Argumenta el estado apocalíptico en cuestiones sanitarias por las 26 personas que habían muerto –hasta el día sábado anterior al sufragio– en nuestro país a causa de la llamada gripe porcina. Habla de las cientos de personas que pueden ser –igual que ella– portadoras del virus A H1N1. Acusa al Gobierno y a la oposición de no haber hablado del tema ni en sus plataformas ni en los debates. NI EN SUS PLATAFORMAS NI EN LOS DEBATES. De más está decir que nunca votaría a un idiota que sentara sus bases políticas en el combate de esta absurda paranoia mediática; quemaría el televisor si cometiera el desacierto de hacerme perder tiempo mostrando debates políticos sobre la gripe porcina y no sobre cuestiones importantes y urgentes como la pobreza, la exclusión social, la falta de representatividad política, la crisis económica, el objetivo como país, la carencia de proyectos políticos serios y a largo plazo, entre otros.
Como si la falta de ambulancias en los lugares de votación fuese poco para acrecentar sus temores, sintió en el hacinado recinto electoral los estornudos de sus vecinos. Eso –nada más y nada menos que esa sumatoria de desafortunados sucesos– hizo que diera media vuelta y se vuelva a su casa.
Quiero remarcar los números. Se habla de 26 muertos en un país de 40 millones de habitantes. Es el 0.000065% de la población la que falleció a causa de esta ¿pandemia? generada por algún laboratorio, y transformada en psicosis por un conjunto de descerebrados periodistas, editores y empresarios de los medios de comunicación. Ignora la –ay, como me duele decir esto– periodista y escritora que tiene más posibilidades de contagiarse de gripe común, mal de chagas, dengue, hepatitis, mononucleosis… Es más probable que la maten 8 veces antes que su deceso sea por el virus A H1N1; tiene 1920 posibilidades más de ser asaltada (hay un asalto cada 45 segundos). Por cada persona que muere en Argentina por la gripe porcina hay 70 que mueren en accidentes de tránsito.
Así, paranoia mediante, esta mujer se volvió a su casa sin votar, dándole la espalda a todos los que no tienen la posibilidad de hacer esta mínima expresión de democracia, tirando a la basura un derecho y un deber cívico que no todos pueden gozar, que tantas vidas se cobró, y que muchos desean. Ella no votó culpa de los medios de (in)comunicación y de un cerebro permeable a las pelotudeces que algunos dicen, y que no logra pensar por sí mismo; y no como yo que –pese a mis deseos de declarar mi preferencia política– no pude votar porque llegué tarde.
Uno más
29 Junio 2009

Tenía que ir a votar y no sabía a quién. Doblé a la derecha en Irigoyen mientras pensaba en el radicalismo y su ensalada de candidatos dispuestos a cambiarse de ideología como si fuera una remera. Hice unas cinco cuadras, puse guiño, y doblé a la izquierda en la avenida Agustín Tosco. La ciudad estaba empapelada de promesas. Pensé en las diferentes posibilidades de votar alguna de las múltiples variantes de pseudoperonismos que cagan sueños de justicia y se limpian con sufragios populares. Crucé la plaza, me acomodé el casco con la mano, y doblé a la izquierda en Ernesto Guevara. Pensé en los partidos obreros y socialistas. Recordé algunas de sus ideas que van más allá de las sanas utopías hasta caer en el absurdo. Pensé en ellos vendiéndose como mercancía de apoyo u oposición –según el caso– para manifestaciones y ataques a comercios que pecan de estar anclados en el lugar equivocado y sin poder escapar. Pasé el semáforo y doblé a la derecha en Jorge Videla mientras barajaba posibilidades en los nuevos partidos de derecha, con sus promesas de mano dura, de leyes de Talión, sus miradas vendadas y sus alucinaciones que los hacen percibir billetes donde hay urnas. Estaba llegando a una esquina cuando vi el cartel que indicaba que yo estaba entre Jorge Videla y Mario Firmenich. Me detuve en el centro de esa cruz formada por genocidas, y apoyé un pie en el asfalto para no caerme. Pensé en la cantidad de personas que habían matado esos dos hijos de puta. Estaba frenado en ese cruce de asesinos con la mirada puesta en ese simbólico cartel que ignoraba la cantidad de vidas que representaba; tan absorto en mis pensamientos que no vi el colectivo que en ese preciso momento atravesaría inexorablemente el cruce.
Mi hijita, mi nena hermosa
24 Junio 2009
Después de entrar a mi casa, abrí el baúl del auto y bajé el bolso. Tenía una mancha de sangre en una esquina de abajo.
Sabía que Mica, mi hijita, mi nena hermosa, me agradecía lo que yo estaba haciendo por ella.
Fui hasta el baño cargando el bolso con cuidado para no manchar el piso ni las paredes. Las 47 fotos de Mica me miraban sonrientes desde todos los rincones de la casa.
Al llegar, saqué del bolso a esa niña inerte que mantenía los ojitos abiertos. La bañé y le limpié la sangre del cuello. La sequé y le puse una venda que le tape la mortal herida. La dejé acostada en el piso mientras yo buscaba una polera limpia de su tamaño.
Después de cambiarla y peinarla, la cargué al hombro y la llevé a la habitación de Mica, mi hijita, mi nena hermosa.
Abrí la puerta, y la pieza estaba como siempre, con cada muñeca y cada osito en su lugar. Junto a la ventana, apoyada contra el respaldo de la cama, estaba el cuerpo de Mica, mi hijita, mi nena hermosa. Bajé a la chica del hombro y la apoyé contra un rincón.
- Mi amor, traje una amiguita para que juegues- dije mientras cerraba la puerta de esa habitación fría.
Discriminación por portación de pene
17 Junio 2009
Creo que la estúpida costumbre que tienen algunas mujeres de victimizarse constantemente ameritaría la apertura de un nuevo blog dedicado pura y exclusivamente a mostrar lo absurdo de las notas periodísticas sobre “el apocalíptico sufrimiento de las mujeres por el mero hecho de serlo”. No voy a abrirlo porque no tengo ganas –básicamente–, pero voy a ir agregando acá las notas que vaya viendo al respecto, con la consecuente crítica.
Rosa Bertino, una periodista del diario La Voz del Interior, y cuyas columnas de opinión usualmente disfruto, cayó bajo las garras del feminismo salvaje y realizó una nota detestable.
Cuenta que unas 400 personas deambulan por la ciudad de Córdoba; son cirujas, linyeras, vagabundos. Es una cifra muy alta y que hay que reducir. Correcto. Es importante que el medio gráfico más importante de la provincia haga (o muestre) un relevamiento de las personas que viven en la calle. Correcto. Pero destacar en la tapa del diario que el 20% de esas personas en situación de calle son mujeres, como cifra alarmante para que nos condolamos con ellas, me parece algo completamente estúpido. ¿No se da cuenta que el restante y mayoritario 80% son hombres? ¿No deberíamos nosotros hacer una nota sobre la deleznable exclusión que sufrimos por portación de pene? En la ciudad de Córdoba viven en la calle 320 varones y 80 mujeres. Somos 4 veces más nosotros, y la nota pretende decir “pobrecitas nosotras que un 20% de quienes viven en la calle somos mujeres, y ese 20% es una cifra altísima y alarmante; deberían ser sólo los hombres quienes atraviesen esa situación”.
No es desde el machismo que escribo esto, sino desde la idea de la igualdad de género. Esa igualdad que aparentemente buscaban las feministas, pero que ahora, engolosinadas con las mieles del aparecer en los medios masivos de comunicación, han hecho de cualquier suceso donde aparezca alguna de ellas, un paradigma de su propio sufrimiento, desvirtuando completamente la paridad de ambos sexos.
Para ver otra nota en este blog sobre lo absurdo del feminismo salvaje, hacé click acá.
La víctima soy yo
7 Junio 2009
Ponete en mi lugar. A mi nadie me dijo nada. Sí, ya tengo 16 años. Soy grande, ¿y qué? ¿Cómo me lo iba a imaginar? Encima, él se fue. Éramos felices y se fue. No te confundas, acá la víctima soy yo. ¿Acaso vos estás llorando?
No. ¿Acaso a vos te duele algo? No. A mí nadie me dijo nada. Nunca. Yo estoy llorando. Yo tengo miedo. Yo soy la víctima. Pero soy libre, ¿sabías? Yo manejo mi vida.
Él se fue. Estoy sola, y vos venís con planteos estúpidos. La víctima soy yo. Y vos tratando de darme clases de abogacía y de moral. Me hablás de religión. ¿Quién te dijo que tenés derecho a vivir? ¿De dónde sacaste esa romántica idea de que sos una persona igual que yo? Yo sufro; vos no. No sabés lo que es el dolor. Sos sólo un par de células, pero se acabó.
Ya estoy acostada en esta cama fría. A mi nadie me dijo que esto podía pasar. Ahí viene el doctor. Y la víctima soy yo. Yo voy a llorar encerrada. Yo voy a escuchar tus gritos por el resto de mi vida.
A la imagen la saqué de acá
