La paloma

19 Octubre 2009

Quiero empezar confesando que muchas veces maté palomas, y no siempre con el justificado fin de comerlas en un plato de polenta con salsa. En más de una ocasión, durante mi asesina e inimputable adolescencia les hice girar el cuello. Crack-crack. Otras veces les golpeaba la cabeza contra un ladrillo. Antes de eso, siempre, les disparaba con un rifle de aire comprimido. “Son una plaga”, había escuchado decir, y eso avalaba mis homicidios.

      Ayer encontré una paloma herida en el patio de mi casa. Tenía un tiro en el pecho. La atrapé sin dificultad, y lejos de querer hacer un aporte a combatir esa plaga de la que me habían hablado, sentí pena por ella. Esos ojos que antes parecían pedirme que no la mate, como si yo fuera un impío verdugo, ahora suplicaban ayuda. Abría su pico al máximo, como si quisiera comer un alfajor entero.
     Pensé en todos los programas de t.v. que vi, con la esperanza de recordar alguno en el que hayan operado a una paloma, para saber qué hacer. Nada. Vi ordeñar vacas, construir estructuras imposibles, sobrevivir en una isla desierta, cómo actuar en una cárcel, o cómo escapar de ella, y cómo hacerle cirugías estéticas a mujeres de Beverly Hills. Pero de quitarle un balín a una paloma, nada.
     Con toda la voluntad de un autodidacta fui al baño y le lavé la herida con agua tibia. Agarré un frasco de alcohol en gel de 300 cm3 que estaba casi lleno desde épocas recientes de paranoia porcina, y luego de leer que no ardía, le unté la herida.
     Ella abría su pico de par en par, como si gritara desesperada, pero sin emitir sonido. O como si bostezara. Pensé que podría ser una paloma muda.
     Saqué cinta y un pedazo de algodón del botiquín. Todo lo hice con una sola mano, porque con la otra la agarraba a ella que difícilmente entendería mi intención de salvarla.
     En ese momento vi que sus ojos se cerraban. Primero, hasta la mitad, después completamente, y se abrían rápido, como cuando uno se duerme en una conferencia. Pero yo sabía que ella peleaba por su vida, no quería cerrar los ojos de una vez y para siempre.
     Poco después de que le tapé la herida, sus párpados se unieron inexorable y eternamente, al tiempo que abría la boca en un grito mudo y agonizante, o en un enorme e irrespetuoso bostezo.

     Se murió en mis manos. No soportó la cirugía. Y yo agradecí no estudiar veterinaria o medicina. No toleraría que mis pacientes se mueran en mis manos. O que bostecen de aburrimiento mientras intento salvarles la vida.

Éste y el otro

14 Octubre 2009

Éste luchó por sus ideales; el otro también. Éste se aferró a su visión de libertad y no descansó en su intento de alcanzarla; el otro hizo lo mismo. El fin justificó los medios de ambos. Uno mató a todo el que se le puso en frente; el otro empleó la misma estrategia. Éste y ése viajaron por toda Latinoamérica siguiendo su sueño. Ninguno vaciló antes de asesinar. A ninguno le importó ser una fábrica de viudas y huérfanos. Éste es héroe nacional, prócer indiscutido, santo pagano, se llama José de San Martín. El otro es amado y odiado en cantidades iguales. Todos le dicen “el Che”.