Los Rosados
28 Septiembre 2009
Los Rosados son la envidia de los metalampos. A éstos de nada les servía su inteligencia porque morían cuando se enamoraban. Era el amor su trágico destino, mientras que para los Rosados es su maravilloso comienzo y la razón de su vida. Por el contrario, cuando acaba ese enamoramiento, desaparecen, vuelven a ser personas grises, apagadas, opacas, que viven inertes y por inercia.
Existe en el mundo un número par de Rosados. Siempre existen de a dos, y es fundamental el uno para el otro. Los Rosados no son individuos, son parejas.
Los Rosados no caminan por la calle, sino que flotan, se deslizan lentamente sobre las veredas y calles, tomados de la mano o abrazados. Es fácil encontrarlos (cuando están en actitud de reposo) en plazas y parques –independientemente de que haga frío o calor. Ellos nunca tienen apuro, se mueven tranquilos, despacio, tratando de prolongar el presente que los une hasta el infinito.
Un ciudadano atento notará que los Rosados no miran lo que sucede a su alrededor, sino que circulan con la mirada perdida, como mirando un punto fijo en el horizonte, y es evidente que lo único que cada uno ve en ese punto es una imagen de su pareja. Suelen, por ese motivo, tener golpes contra postes mal ubicados, y tropiezos con baldosas flojas. Sin embargo, prácticamente no les duele.
Los Rosados sienten, perciben, pero sólo lo que sucede dentro de ellos. Tienen una especial capacidad para decir –en realidad, no dicen, sino que susurran– lo que sienten en su corazón, en la sangre; el perenne “sza sza szu”. Sin embargo, son insensibles a lo que ocurra fuera de esa burbuja invisible que los rodea y los abstrae de la realidad exterior, de las condiciones climáticas, los múltiples hechos sociales, los ruidos, las bombas atómicas que pudieran explotar a sus costados. Los Rosados desmerecen a las cuestiones mundanas que preocupan al resto de las personas; jamás se quejan de los problemas en la facultad, de la plata, los gobiernos y la falta de lluvia.
La memoria es otra de sus virtudes; recuerdan al flotar en la calle, todos los lugares y acontecimientos intrascendentes que ambos han compartido en algún instante. “En ese quiosco compramos un chocolate hace 2 meses”, “tenés una campera parecida a la de aquel chico; a vos te queda mejor”, “frente a ese edificio te di un beso hace 16 días”. La cursilería es una característica, una virtud y una necesidad. Son Rosados, seguramente, quienes escriben las tarjetas Junot.
Los Rosados son parte del paisaje de las plazas y parques, de los centros comerciales, de las arboledas. Inspiran ternura y bondad. A nadie se le ocurriría cometer un delito frente a ellos; más de un ladrón ha devuelto una cartera a su víctima, cuando vio a dos Rosados. Acto seguido, le mandó un mensaje de texto a su novia diciendo que la quería.
Los poetas que no aman, piensan en ellos cuando la inspiración no llega.
Sin embargo, contrariamente a lo que cualquier persona sensata pueda suponer, los Rosados tienen enemigas. Son mujeres normalmente mayores, conservadoras, y que acusan a los Rosados de inmoralidad, de pervertir a los niños, y de que el mundo esté como esté.
30 Septiembre 2009 at 9:52 PM
me mentiste y yo me lo crei ja
1 Octubre 2009 at 11:13 PM
Estos Rosados son felices y divertidos? o sólo viven enamorados en su mundo?
las viejas enemigas son insoportables, la verdad
saludos desde el chiquero