Un lunes a la tarde, en noviembre de 1998 yo estaba en mi casa muy nervioso porque al día siguiente tenía que rendir un examen muy difícil y no había podido estudiar. El día anterior, el domingo, habían entrado a robar en mi casa, a mi papá le pegaron un culatazo en la cabeza, amenazaron con secuestrar a mi hermana, mis hermanos y yo recibimos un par de trompadas, pero creo que la sacamos barata. Tenía miedo de todo, cualquier ruido me exasperaba, y el martes tenía que rendir.
    Como pocas veces en mi vida, la falta de estudio no había sido por vagancia. Apenas pude concentrar mi cabeza en aprender, me puse a estudiar. Desde las 6 de la tarde hasta las 3 de la mañana –me acuerdo bien– me quedé leyendo los apuntes.
    Cuando me di cuenta que pasaba varios minutos mirando el libro, pero con la cabeza dormida, sin poder leer, me fui a acostar. Esa noche, igual que siempre en aquella época, recé. Si bien había estudiado algo, y creía que podía llegar a aprobar, rezaba para que faltara el profesor. Me sentía inseguro, y necesitaba sacar un 7, por lo menos.
    Al otro día, muerto de sueño, con ojeras chorreando hasta la comisura de los labios, fui al colegio. Internamente, le seguía pidiendo a Dios que faltara el profesor.
- Chicos, hoy no van a tener la prueba –dijo solemnemente la preceptora. El profesor no va a venir.
    Todos festejamos, pero creo que yo era el más feliz. Dios me había escuchado. La diferencia entre eso y un milagro era mínima. Uno que se había quedado despierto estudiando toda la noche anterior, era el único que se quejaba, pero no lo hacía en voz muy alta para no ser insultado por el resto de la clase.
    Esa noche, antes de dormir, acostado en mi cama agradecí a Dios –nobleza obliga– por haber hecho que falte mi profesor.
    Al día siguiente, otra vez en el colegio, me enteré del motivo por el cual no había rendido el examen el día anterior. La hija de mi profesor, de 4 inocentes años, había muerto ahogada en una pileta. Todos sintieron pena y congoja por la noticia, pero yo creo que fui el único que se largó a llorar. Tuve que ir al baño a esconderme. Me había salvado de no tener una prueba, pero ¿a qué costo? ¿La vida de una nena valía eso? No, no lo valía. Era imposible que Dios haya matado a la hija de mi profesor para que yo tenga más tiempo para estudiar. ¿Entonces? La muerte de Ludmila no tenía nada que ver con mis plegarias. Yo no podía ser el autor intelectual de esa tragedia. Y Dios no podía acatar pedidos porque sería una injusticia constante. Si a la hija de mi profesor no le hubiera pasado nada, yo hubiese tenido el examen, pero Dios habría ignorado mis súplicas. Si no hubiesen entrado a robar a mi casa, yo habría estudiado y Ludmila seguiría con vida. ¿Seguiría con vida? ¿Entonces ella murió por culpa de los ladrones? Pero, ¿Qué hubiera pasado con los que me robaron? Ellos quizás rezaban por conseguir un trabajo digno, por poder alimentar a sus familias, a sus Ludmilas. Y nadie los escuchaba. Ni el gobierno ni Dios. La mayoría de las personas del mundo rezan por la Justicia y la Paz. Es obvio que no hubo, ni hay, ni va a haber nada de eso. Nunca.
    Cada vez que algo bueno le pasa a alguien, implica algo malo para otro. Siempre. Si alguien rezara por conseguir el amor de una mujer, siempre habría otra persona que se quedaría sin ella. “Dios, por favor, necesito un trabajo”, le suplico. Lo consigo, pero hay otra persona que se queda desempleada. ¿Es justo?
    ¿Cómo podría hacer Él para cumplir con los rezos de todos? Los rezos de cada persona se oponen siempre a los de otros. Por poner un caso más banal, en un clásico entre Boca y River, miles de personas elevan súplicas para que gane cada uno de esos equipos. ¿Y Dios que hace? ¿Gana el equipo que tiene más cantidad de religiosos a su favor? ¿Gana el que mejor juega? Está visto que no siempre es así. ¿Gana el qué más lo necesita? ¿Empatan?
    Sólo veo dos posibilidades. Una, que Dios no exista, que las cosas sucedan por azar, por destino, o por cualquier otro motivo. La otra, que todo sea una decisión de Dios. Él elige quién gana y quién pierde. Quién nace y quién muere. Quién triunfa y quién fracasa. Y así, los rezos son inútiles, y al mundo lo gobierna un divino tirano… aunque yo rece y Ludmila muera a los 4 años.
  
 
 

Si un cordobés, mayor de edad, sufriera un accidente automovilístico por estar borracho sería culpa de quién le vendiese alcohol. Igualmente, si una adolescente tuviera acné, con las consecuentes complicaciones morales y seductoras, debería responder penal y civilmente la fábrica de chocolates que ella consumiera. Si alguien decidiera dedicarse al sedentarismo absoluto de quedarse en su cama mirando televisión, sin salir a la calle, haciendo sus necesidades fisiológicas en un balde ubicado estratégicamente junto al catre, y culpa de eso llegue a un cuadro grave de obesidad, soledad (por el resentimiento de sus vínculos sociales), gangrenas en la espalda y la parte posterior de las piernas, y sus arterias se vieran obstruidas, Tinelli y los demás responsables de los programas televisivos que esa persona viera, así como el fabricante de colchones tan cómodos que hacen que resulte tortuoso abandonarlos, serían los culpables de esa lamentable situación. Si usted sufriera un accidente a 200 km/h estaría en condiciones jurídicas de demandar (usted o sus deudos) a la empresa automotriz por crear un vehículo que alcance semejante velocidad. Del mismo modo, la concesionaria donde compró el auto, debería responder por haberle vendido un vehículo a un imbécil como usted, sin capacidad de razonar sobre los peligros del exceso de velocidad, y principalmente por no haberle hecho un agudo e intenso análisis de aptitud psicológica para conducir semejante máquina de matar.
     No cuesta mucho imaginar un tenebroso futuro con estas absurdas reglamentaciones sociales, si se diera el caso propuesto realmente (ya no es una exageración mía) por el abogado Esteban Gorriti y el Secretario de Prevención de la Drogadicción y Lucha contra el Narcotráfico, Sebastián García Díaz, para que los dueños de los boliches respondan penalmente por los accidentes que pudieran sufrir los jóvenes por estar en estado de ebriedad. Estos doctores en leyes creen que si alguien conduce borracho es culpa de quien le vendió el alcohol. Aparentemente, los inescrupulosos bolicheros no palpan los bolsillos de los jóvenes que se acercan sedientos de diversión y adrenalina a una barra, ni le ponen un sello en la frente a quién ven llegar a sus instalaciones manejando un auto. Así, el barman, inconsciente como él solo, le vende alcohol a un joven que desconoce que no estará en condiciones de conducir un arma de cuatro ruedas.
     Desligándose cada uno de sus propias responsabilidades, culpando a los demás, sin actuar conscientemente, y encadenando la propia libertad, la sociedad se deshumaniza, se vuelve individualista, agresiva y el hombre se transforma en un fiscal implacable, un justiciero que va señalando con el dedo índice a cuanta persona ve, sin darse cuenta que otros tres dedos de su mano le apuntan a él.
 
 
Un resumen de la reunión en la que se debatió esa estúpida normativa puede verse en este link
 
 

Gris

1 Agosto 2009

dia grisEs un hermoso día gris. El cielo está tapizado por una gran nube gris. El sol que ayer era un soberbio reflector, hoy es un simple e inocuo foquito que apenas se ve atrás de la nube gris. Gris. La gente anda abrigada. Bufandas, camperas, sacos. Negro, azul, marrón. Gris. No hay amarillo ni naranja. Gris. Poca gente afuera. Es un hermoso día gris. La gente odia los días así y no sale. La plaza está casi vacía. Las hamacas se balancean sólo por acción del viento. Se vuela un sombrero. Gris. El hombre que vende maní se está yendo. El jubilado les da migas de pan a las palomas que se amontonan en el suelo como una gran mancha gris. La plaza casi vacía. El cielo, gris. Afuera se ve un hermoso día gris con poca gente que camina apurada por el frío. Tomo un sorbo de té bien caliente. Miro por la ventana. Gris. Por suerte. Me tapo hasta el cuello con el acolchado y giro el cuerpo para ver el exterior con más comodidad. Gris. Es un hermoso día gris. Yo tengo gripe, y por suerte afuera hay un hermoso día gris. Me daría mucha bronca que haya sol y chicos jugando en la plaza.
 
 
 
A la foto la saqué de acá