Ed esidido marcharme
21 Julio 2009
Yo también fui un vagabundo. Era chico, tenía 6 años, pero me acuerdo de muchos detalles con nitidez. Fue el 29 de agosto de 1990, una década complicada que no comenzó de manera auspiciosa. Vivía en una casa de Nueva Córdoba, cuando ahí todavía había casas, y el barrio parecía viejo.
En aquella época a mi mamá no le gustaba cuando yo mismo bañaba a mi hermanito de 3 años; no sólo porque mojaba todo el baño o porque vaciaba un frasco de shampoo cada vez que lo hacía, sino porque más de una vez casi lo ahogo accidentalmente. Ese día, no fue la excepción. Me acuerdo de un reto a los gritos que pasaba de agudo a grave, y viceversa, hubo un chirlo que ahora veo justificado, pero que en ese entonces creí completamente ilegal. ¿Por qué me retaba? Mi hermanito estaba sucio porque habíamos estado jugando a los jardineros, sacando plantas de las macetas, y volviéndolas a poner, regando el patio… obviamente, estábamos embarrados, y quizás ése fue otro de los motivos de su enojo.
Yo, ofendidísimo por la injusticia cometida, me dije que no quería seguir viviendo ahí, en esa casa que no comprendía mis buenas intenciones, y decidí que tenía que exiliarme. La democracia todavía era muy frágil.
Me fui a mi pieza aguantando las lágrimas estoicamente, vacié la mochila que usaba para ir al colegio, le puse una campera, una pelotita de tenis, una lata con monedas y un paquete de galletas merengadas. “mamá y papá ed esidido marcharme” escribí en un pedazo de papel que dejé sobre la mesa de la cocina, y me fui por la puerta principal con la cabeza gacha.
Cuando salí, no sabía hacia donde irme, pero sabía que tenía que caminar rápido y que no tenía que llorar porque si un policía veía a un nene llorando lo iban a llevar preso y después llamaban a sus padres; y yo no quería ninguna de esas dos cosas. Tenía que parecer adulto, seguro. Tampoco podía andar solo mucho tiempo porque la gente iba a pensar que estaba perdido y los grandes iban a empezar a aplaudir. Yo tenía que mantener un bajo perfil, sin levantar sospechas, y por eso me ponía cerca de personas para que los otros piensen que iba con ellos.
Cruzar la Plaza España, hasta llegar al Parque Sarmiento, fue lo más complicado. Era pleno invierno, y yo temblaba, pero de miedo; la adrenalina no me dejaba sentir el frío. El fin justificaba los medios y los miedos. Estuve varios minutos, esperando, viendo el semáforo cambiar de colores: cruzar – cuidado – prohibido cruzar, y otra vez, cruzar – cuidado – prohibido cruzar.
Siguiendo a una señora, finalmente, me animé a atravesar esa jungla de autos, hasta que llegué a lo que yo veía como un bosque. Estaba en la parte que va a Ciudad Universitaria, antes del puesto de choripán. Caminé unos 15 metros hacia el medio del Parque, y me largué a llorar. Era un llanto espasmódico, que salía desde bien adentro, impregnado de angustia, desesperado, como de quién no tiene nada más en la vida. Me escondí debajo de una planta, me puse la campera, y abracé la mochila bien fuerte. Estaba tirado en posición fetal, con el pecho epiléptico golpeando la mochila en cada espasmo. Quise dejarme morir, pero me quedé dormido.
No debe haber sido mucho el tiempo que estuve ahí, capaz que fue una hora. Me acuerdo perfectamente qué soñé, y eso fue lo que me hizo volver. Yo veía a mi mamá que se me acercaba, como si quisiera abrazarme, pero por algún motivo, yo me iba alejando de ella; había algo que me tironeaba hacia atrás. Trataba de correr para ir con mi mamá, y no podía. No sé de donde apareció mi hermanito al medio, entre ella y yo, y fue el nexo para que yo pudiera soltarme y nos quedamos los tres juntos. Fue mágico y clásico, pero supe que tenía que ir a mi casa, que el exilio había terminado.
Crucé la Plaza España atrás de un grupo de chicos de unos 20 años, cada tanto corría o trotaba para llegar más rápido. Desde media cuadra antes de mi casa, vi que estaba toda mi familia afuera, en la puerta, esperándome, con ganas de abrazarme, igual que en el sueño.
Nada más lejos de la realidad. Una cachetada de mi papá me tiró al suelo, me alzó con un brazo como si yo fuera un bolso de mano, y me encerró en el baño. Me largué a llorar. Era un llanto espasmódico, fuerte, desde bien adentro, pero sin angustia ni desesperación. Era un llanto de dolor, pero con la certeza que en un rato se me iba a pasar.
Una de dos
10 Julio 2009
El lunes pasado necesitaba estar solo, así que me fui a caminar por el Parque Sarmiento. No había nadie; era día de semana, a la siesta y hacía bastante frío. Enroscado en pedazos de algodón y lana, paseaba por el medio del parque a paso lento, pensando y mirando los árboles y autos que a lo lejos tiraban humo por el caño de escape. Casi lo mismo hacía yo por la boca, tirando un humito blanco, como si fumara.
En medio de mi soledad, aparecieron dos tipos de unos 22 años, que vinieron a sacarme de mi preciado estado. Uno tenía un gorrito de lana, una campera azul, y como cuatro buzos. El otro, simplemente un sweater y campera de jean.
- Dame la plata y el celular- me dijo el más abrigado de los dos, motivo por el cual se lo veía más grandote.
- Eh, loco, ¿las dos cosas querés? Mirá –le dije sacando el teléfono-, es un celular sin cámara de fotos, ni mp3. Es medio viejo, está gastado acá atrás, y la pantalla está ra…
- Basta, flaco, callate la boca y danos la plata y el celular o te rompo…
- Pará, pará pará –lo interrumpí-. Vamos a hacer una cosa; les propongo un juego. Se llevan este celular que están viendo y que no vale casi nada o, chana na nán… la plata de la billetera, pero sin los documentos.
Una trompada en la panza me hizo soltar el celular y el aire. Otra en la cara, me tiró al suelo.
- ¡Qué te hacés el Susana Giménez, che infeliz! –dijo el que parecía más flaco, y agarró mi teléfono.
- ¡Esperá, dejame el chip que lo necesito para trabajar! –imploré antes de que se vayan.
- ¿Qué te crees? ¿Que nosotros no estamos trabajando? –dijo el más grandote, y me tiró una patada a las costillas, que yo hábilmente intercepté con la rodilla derecha.
Los vi irse trotando como si hicieran gimnasia. Yo desde lo más profundo de mi ser esperaba que los haya visto un policía. O que los atropelle un camión de la basura.
Miré hacia todos lados, buscando a un testigo o a un policía. No había nadie. Me levanté, y cuando me limpiaba un poco la ropa, me di cuenta que todavía tenía la billetera en el bolsillo. Ja, solamente se llevaron el celular, pensé; y decidí que era un buen momento para abandonar el paseo, y volver a mi casa, con los cinco pesos en la billetera.
